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El potencial médico del LSD



El LSD, el hijo problemático de Hoffman y su potencial médico. La dietilamida de ácido lisérgico, LSD-25 o simplemente LSD, también llamada lisérgida y comúnmente conocida como ácido, es una droga psicodélica semisintética que se obtiene de la ergolina y de la familia de las triptaminas. Desde su descubrimiento el químico orgánico Albert Hoffman trazó el camino de el LSD desde una prometedora droga para el tratamiento de diversas enfermedades psiquiátricas hasta su uso recreativo, lo que en su tiempo creó histeria y prohibición. Desgraciadamente la mala fama que se le hizo a este “hijo problemático” (como su libro “My Problem Child” lo dice) provocó que se le vetara y se le cerraran las puertas a las investigaciones científicas.
Hoy se ha levantado parcialmente este veto y los avances en distintos campos de la neurología y la psicología son fascinantes. 



El descubrimiento accidental en 1943 del LSD, fue estudiado con mayor profundidad a lo largo de cinco años, hasta que llegó a las manos de la comunidad científica. Mientras los psiquiatras de Estados Unidos y Europa lo empleaban para recuperar alcohólicos y homosexuales, una nueva generación de jóvenes se apropió de la sustancia.

Al principio de su uso psiquiátrico, los especialistas esperaban que el LSD fuera la cura de algunas enfermedades mentales. Creían que el suministro de LSD podría desaparecer la necesidad de años de psicoterapia y podría traer cambios permanentes en el comportamiento y personalidad de las personas. Así, entre 1950 y 1965 alrededor de 40, 000 pacientes esquizofrénicos, obsesivo compulsivos, depresivos y autistas recibieron las tabletas producidas por Sandoz. También fue administrada a enfermos mentales con perversiones sexuales como la homosexualidad (porque en las décadas de los años 50 y 60 era considerada como tal).


Las dos terapias principales eran la europea y la estadounidense. En la primera, los médicos suministraban dosis de 50 microgramos a los pacientes durante varias sesiones y los invitaban a enfocarse en eventos de su infancia. La modalidad americana implicaba dosis de 200 microgramos en menor número de sesiones. Durante el viaje, los médicos esperaban que el LSD provocara un despertar espiritual y significado en las vidas de los pacientes. A pesar de la recomendación de dosis específicas por parte de Sandoz y que la droga sólo podía ser administrada por médicos, el mercado negro crecía estrepitosamente hacia 1962. El control gubernamental se fortaleció, hasta que 1974 el Instituto Nacional para la Salud Mental (NIMH por sus siglas en inglés) declaró que el LSD no tenía valor terapéutico. En 1980 se condujo un estudio con LSD en Estados Unidos. En este, los investigadores buscaban el posible beneficio para pacientes terminales. Sin embargo, el estudio terminó antes de comprobar la hipótesis. Más tarde, en 2008, tanto en Suiza como en Reino Unido resurgió el estudio de la droga con fines terapéuticos.


La Rebeldía Los jóvenes de los años 60 constituyeron una generación rebelde y contra cultural. También fueron los primeros usuarios recreativos del LSD, que se encargaron de instalar la droga en la sociedad desde entonces. El origen de su popularidad juvenil se remonta a Harvard. El doctor Timothy Leary, profesor de psicología en la Universidad de Harvard, probó hongos alucinógenos en 1960 y resultó tan impactado por la experiencia que fundó un estudio junto a Richard Alpert sobre los efectos de las drogas psicodélicas. Pero este no duró mucho, pues las quejas de los padres de los universitarios y otras autoridades provocaron que Harvard despidiera al profesor en 1963. Dos años más tarde, Leary fundó la Liga de Descubrimiento Espiritual. Esta era una religión que clamaba al LSD como su sacramento y luchaba por que se mantuviera a la venta legalmente. Leary cruzó Estados Unidos para demostrar la experiencia psicodélica entre los jóvenes, hasta culminar en un legendario discurso de 1967 que reunió a 30, 000 hippies. Por otro lado, estaba Ken Kesey, que se ofreció como voluntario de la CIA en 1959 para estudiar los efectos de la droga. Años después, él y sus amigos conocidos como los Merry Pranksters (algo así como los alegres bromistas) viajaron a lo largo de Estados Unidos a bordo de un camión amarillo escolar llamado “Furthur” como parte de un experimento social. El viaje está documentado en el libro "The Electric Kool-Aid Acid Test" de Tom Wolfe, para mayores informes. La diferencia entre ambos promotores del LSD fue su enfoque. Timothy Leary buscaba un uso controlado y serio del LSD mientras Kesey promovía su uso libre bajo la filosofía que mientras más personas la usaran más podría transformarse la sociedad.



La Actualidad El uso de LSD para el tratamiento del alcoholismo, en estudios hechos por un grupo de científicos de la Universidad de Ciencia Y Tecnologia de Noruega y otros tantos de la Universidad de Harvard, en Boston, USA, han mostrado que en un grupo de 536 pacientes, mayoritariamente hombres que ya habían intentado otros métodos para dejar de beber, se dieron resultados benéficos con una sola dosis de LSD. Esto logró que medicinas ancestrales como la Ayahuasca y la Mezcalina captaran su atención para futuros estudios relacionados con el tratamiento del alcoholismo. El LSD interactúa con un tipo especifico de receptores de serotonina en el cerebro, que pueden abrir paso a nuevas conexiones y estimular la mente para una diferente perspectiva y nuevas posibilidades. No es tóxico ni adictivo para nuestro organismo, pero desencadena nuestra imaginación y puede provocar, si no es bien llevado, lapsos de confusión y ansiedad.


Está claro que es un instrumento muy valioso para el psicoanálisis porque hace aflorar sentimientos y sensaciones que están en niveles profundos del subconsciente y ayuda a profundizar y expresarlos. Uno de los primeros pacientes en hacer pública su experiencia fue el actor Cary Grant, quien en 1961 declaró que la terapia con LSD había cambiado su vida: «Siento que ahora me comprendo realmente a mí mismo. Antes no era así. Y al no comprenderme a mí mismo, ¿cómo esperar comprender a los demás? Sencillamente, he vuelto a nacer.» La poderosa conclusión de Hoffman es que las experiencias místicas pueden ser la mayor esperanza que tiene nuestro planeta para sobrevivir. Ya sea por inducción mediante el LSD, la meditación, un despertar espontáneo o cualquier otro método, estas experiencias nos pueden ayudar a comprender “la maravilla, el misterio de lo divino, el microcosmos del átomo, el macrocosmos de la nébula, en la semilla de las plantas y en el alma y el cuerpo de la gente”. Mas de sesenta años después del nacimiento de el niño problema de Albert Hoffman, en una sociedad que se conecta cada vez más con la tecnología y se desconecta de su ser interior, el verdadero potencial que tiene es mas relevante y mas necesario que nunca.



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